Revista h

Edición N°83

Mi risa suena como la de Patán, el perro de Cartoon Network. Algo así. Antes parecía la del Gallo Claudio. Ha evolucionado, a diferencia del estornudo, que se mantiene como un estrépito. Tengo ataques de risa periódicos, que dan lugar a la risa muda, esos segundos en los que solo hay mueca. Alguna vez grabé mi risa y la convertí en un ringtone. Como la huella digital, no hay dos risas iguales. Esa seña de identidad nos permite gozar del humor y reírnos destemplados. Porque una carcajada cotiza más que una lágrima. En nuestro país, donde los comediantes encuentran “inspiración” en sus políticos, vivimos rodeados de lemas y frases: “No es para reírse”, cuando los audios describen a personajes grotescos; “Me das risa”, cuando la vergüenza es inminente ante un congresista convertido en meme; “Solo nos queda reír”, cuando se acerca otra desgracia expresada en una decisión del Ejecutivo. La risa es válvula de escape y escudo. Eso hizo mi consumo en la comedia, omnívoro: desde Melcochita hasta Judd Apatow, de Seinfeld a Capusotto, de Miguel Barraza a Seth MacFarlane. El hipertexto y la metarreferencia de este último, creador de “Family Guy”, son cosa seria. En estos tiempos, donde todo está linkeado a algo, su parodia vuela entre las referencias y las vueltas de tuerca. Eso no se enseña. Cuando alrededor todo se desvanece, se aprende a hacer el humor.


Manolo Bonilla
Editor


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