Revista h

Edición N°6

Los buses y micros de Lima son cualquier cosa menos aburridos. Funcionan como escenarios móviles en los que miles se presentan cada día peleando por arrancar esa cuota de bondad o conmiseración con la que todos debemos salir cada día de casa. ¿O es que en realidad a alguien le hace falta un caramelo de limón, un Olé Olé o un chupete Chapulín? ¿Acaso esos toffees que de tan duros que están se quedan adheridos a los dientes? Da igual, lo importante es que en Lima el transporte público te ofrece constantes oportunidades para sentirte un poquito mejor persona por el módico precio de diez o veinte céntimos. O quizá hasta un sol, como cuando vi una vez a un hombre meterse unos clavos de diez centímetros por las fosas nasales. Vale esta reflexión para señalar que yo creía haber visto todo lo que un micro peruano podía ofrecer hasta que, hace unos pocos días, vi subirse a una joven mujer. Era venezolana y debía tener alrededor de veinte años. Andaba bien vestida. No cantaba, no tocaba ningún instrumento musical. No ofrecía ninguna golosina. Solo venía a contar su historia y pedir plata. Dejó claro que huía del régimen. Le fue bien pidiendo dinero en ese micro, donde claramente se produjo un deslinde con el chavismo. Eso que para algunos resulta tan difícil de hacer, pero que para el peruano de a pie resulta casi obvio. Entre otras razones, porque ha vivido unas historias parecidas y sabe cómo terminan.



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