Revista h

Edición N°69

La actitud general de nuestra sociedad respecto a las drogas, y en concreto hacia la marihuana, es tan prejuiciosa y condenatoria que cuesta trabajo creer que no siempre fue así: que hace un siglo uno podía encontrarse anuncios que difundían las bondades terapéuticas del cannabis y médicos que lo recetaban convencidos de sus efectos benéficos. Darle unas caladas a un cigarro de marihuana era tan normal como tomarse un trago con los amigos. Alguien puede alegar que hace daño. No lo descartaría, porque todo en exceso puede ser nocivo. Pero la conciencia de los posibles efectos negativos de nuestros actos nunca nos ha detenido. Actualmente nos preocupa sobremanera el alcoholismo tanto como la drogadicción, pero nadie plantea seriamente prohibir las bebidas alcohólicas. O la comida chatarra, que también es adictiva y genera una serie de complicaciones y enfermedades. No es, entonces, un tema de salud pública el que motiva la persecución contra la marihuana. Es más, la ciencia aporta evidencias en el sentido contrario. Así que, si queremos debatir seriamente un nuevo marco legal para las drogas, haríamos bien empezando por buscar las razones de ese estigma en otro lado: por ejemplo, en la amenaza que representa una sustancia que lo puede llevar a uno a hacerse preguntas que normalmente no se haría y a cuestionar un orden de cosas que solemos dar por sentado. Empecemos a discutir, pero con buena información y sin prejuicios.



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