Revista h

Edición N°71

Es típico de nuestro país llegar siempre tarde a los debates globales. Así, mientras los líderes más influyentes del mundo cinematográfico discuten con preocupación acerca del futuro de su actividad, acechada por la ola digital –tema que acabó siendo central en el reciente Festival de Cannes, por ejemplo–, en el Perú seguimos entrampados en discusiones elementales acerca de qué podemos hacer para que el cine peruano sea realmente una industria. Es decir, que deje de ser una actividad precaria, de la que muy poca gente puede vivir, que genera pocos puestos de trabajo y muy poco valor agregado, que sea exportable y –encima– que sirva como plataforma para difundir nuestros valores y la riqueza de nuestra cultura entre nosotros mismos y en el resto del mundo. Ahora mismo, el auge de los formatos digitales nos puede llevar a pensar si es necesaria a estas alturas una política de incentivos, o si simplemente ya se nos pasó el tren. ¿Por qué pensar, por ejemplo, en cuotas de pantalla cuando, dentro de poco, la mayoría de la gente verá películas en su laptop, un Smart TV o incluso en su teléfono? El cine difícilmente morirá, como no han muerto los libros ni los discos de vinilo. Pero seguramente se transformará radicalmente, de la mano de una nueva audiencia. Eso llegará más temprano que tarde. Será mejor que nos vayamos anticipando.

Jaime Cordero
Editor



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