Revista h

Edición N°64

Parecía imposible desilusionarse de algo que hace mucho tiempo nos dejó de generar ilusión, como la política. Y, sin embargo, es posible. Los destapes de Odebrecht están dejando en evidencia que el pozo séptico de la corrupción aún no tiene fondo conocido. No solo está ocurriendo en el Perú; también está pasando en países vecinos como Colombia y Chile. Y, con matices distintos, también ha pasado en otras latitudes. No hay políticos sanos y sagrados, eso claro que lo sabíamos. Pero esto hace tiempo dejó de ser acerca de los políticos, sus mañas y sus trafas. Estamos pasando de decepcionarnos de las personas y los partidos al cuestionamiento del sistema mismo, de la democracia representativa. Porque, si a final de cuentas todos van a robar y ni siquiera van a solucionar los problemas de la gente, ¿de qué vale perder el tiempo votando? Esa es la deriva más peligrosa a las que nos puede llevar esta crisis: que todo acabe dándonos igual y acabemos entregados a los radicalismos. Por eso, es preciso recordar que el voto es apenas un rasgo de la democracia: la separación de poderes es igual de importante.
O incluso más. Por eso, que más de un expresidente termine en la cárcel, luego de un debido proceso, no sería un fracaso de la democracia, sino un triunfo, una señal de que la democracia todavía late. Aunque tengamos que reescribir la historia.



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