Revista h

Edición N°64

A los peruanos nos apasiona el fútbol pero no nos gusta vernos reflejados en él. Es inevitable: uno juega como vive y nosotros no somos la excepción. Vivimos anclados a un pasado en el que la historia se mezcla con la mitología y ante la escasez de triunfos nos hemos acostumbrado a conmemorar victorias pírricas y derrotas honrosas (“¡cómo los hicimos sufrir!”), para construir, a partir de todo eso, el relato de un pasado grandioso cuando más realista sería decir que éramos competitivos. No nos gusta vernos reflejados en nuestro fútbol porque nos dice demasiado acerca de cómo somos en otros aspectos más serios de nuestra cultura: nos revela las dificultades que tenemos para trazarnos metas a largo plazo y cumplirlas con disciplina, nos recuerda cuánto nos cuesta abrazar la formalidad, nos demuestra lo fácil que nos dejamos llevar por caudillos y cómo glorificamos al que se sale con la suya al margen de las reglas. Porque, seamos claros, el fútbol peruano se fundió cuando el fútbol del resto del mundo dejó de ser una actividad semiamateur para convertirse en una industria, cuando los científicos y los estudiosos reemplazaron a los empíricos, cuando a la Sunat se le ocurrió que los clubes también podían pagar impuestos y preguntó –ingenuamente– si llevaban contabilidad. Por eso, salir del hoyo no depende de técnicos y jugadores, sino de todos. Incluso de aquellos que detestan el fútbol.



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