Revista h

Edición N°67

El mes pasado, un equipo de periodistas enviados por esta revista se internó en lo profundo de la Amazonía peruana, una zona a la que solamente se llega luego de horas de viaje en avión, colectivo y peque peque. Una zona que la mayoría de peruanos identificamos únicamente como una mancha verde en el mapa, porque -aunque el mismo mapa nos deje evidencia de lo paradójico del asunto- estamos acostumbrados a darle la espalda. Lo que encontraron allí los periodistas tenía poco que ver con esa imagen idílica de una selva verde, pródiga en naturaleza y en delicado equilibrio. Más bien, parecía el escenario de un desastre nuclear: había tierra arrasada, animales muertos, árboles con el tronco viscoso y trabajadores vestidos con trajes protectores dedicados a limpiar miles de litros de petróleo. El derrame había sido hacía más de un año, pero bastaba con remover un poco la tierra del suelo para ver cómo afloraba el crudo. ¿Sabía usted que, nada más el año pasado, el Oleoducto Norperuano sufrió trece fugas? Cada una es una tragedia de la que apenas nos enteramos, pero que no solo destruye un ecosistema, también priva a las personas de sus fuentes de vida, de sus alimentos y del agua. Con estos damnificados también deberíamos ser solidarios. Pero, para ello, primero hay que hacerlos visibles. Hay que darnos el trabajo de llegar a donde muchas veces el Estado no llega. En esas estamos.



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