Revista h

Edición N°81

Se acabó el Mundial, ese leve sedante que nos autoadministramos una vez cada cuatro años para desentendernos al menos un poco de todo lo que anda mal en el mundo. Se fue el mes de los goles, las clases de geografía y la baja productividad laboral. Adiós a los pretextos para alargar los almuerzos más allá de las dos horas, porque nunca se sabe si habrá suplementario y penales. Rusia 2018 ya pasó al archivo y será recordado por razones diversas. Algunos dirán que marcó el fin del duelo entre Messi y Cristiano, otros señalarán más bien el nacimiento de una estrella que hace recordar al Pelé menor de edad que brilló en Suecia 1958. Los más académicos mencionarán al VAR, y los peruanos seguramente querremos olvidar aquel infausto penal que pateó ya-no-me acuerdo-quién y concentrarnos en el feliz recuerdo de esos estadios rusos donde el Himno Nacional sonó tan fuerte. Para mí, este será el Mundial del llanto. Nunca antes se había llorado tanto en un Mundial. Se lloró de pena, de dolor, de frustración y de júbilo, pero sobre todo se lloró al unísono y sin pudor. Se lloró en las canchas, en las tribunas, en los Fan Fests y en las salas de las casas. Se lloró sin censura, como debe ser. Algo ha cambiado en la mentalidad de este “juego de hombres” que ahora permite semejantes expresiones de fragilidad. Y me parece que es para bien. Los hombres sí lloran.


Jaime Cordero
Editor


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